Derrame de imbecilidad

El sol brillaba entre medio de las persianas inmundas de mi ventana y el sabor agrio que tuve alguna vez en la conciencia lo borré, para reemplazarlo por un dulce placer mundano. Me revolqué en la cama, las sábanas estaban tan desordenadas que ya no había caso de seguir haciendo intentos por dormir, mi espalda sudaba inflamada, jamás sentí tanto calor estorbando mi pensamiento en un simple amanecer. Mis pechos jamás estuvieron tan holgazanes como esa mañana y el ruido de los conejos apareándose me dominaba… mas no pude levantarme ese día, la cama me hundió en un calor aterrador espesándose un pensamiento en la frente con ese gesto desconsiderado que suelo manifestar cuando estoy dudosa, un fruncimiento de cejas, al mismo tiempo con una pelusa reflejándose en el brillo de mis pupilas, que con escasas corrientes de aire se movía de un extremo a otro dentro de un agujero de las paredes de adobe, que para ese entonces, me encerraban en un eterno suspiro de mal hábito, de malos augurios y de tóxicos deseos.
Ahí estuve toda la mañana, con la misma cara de tarada que tengo cada vez que la impavidez se adueña de mis pies y me languidece bestialmente al colchón… mas allá de la puerta no hay nada, sólo un gato moribundo de hambre esperando que en su posillo de greda arroje algún comistrajo.
Sí, mi cuerpo estaba resignado a las sábanas, sin embargo no logrando dormir ni el pensamiento. Pero pasó el tiempo, mis ojos decayeron… un momento de relajo me adormece los tobillos, las rodillas… el abdomen, el pecho…finalmente el cerebro. Ahí comenzó el exilio de mis ideas, ahí comenzó esa pesadilla y mi gran imbecilidad.

