Siempre conmigo
Y de tanto evadir lo que toda la vida temí, tuve que afrontarlo.
Me vi sola en el espejo y lo más triste es que siempre ha sido así, pero lo disfracé con tantas sombras en mí andar.
En un comienzo me inundó un tremendo escalofrío, se irguió tanto mi piel que el miedo me causó espasmos, estaba sola conmigo misma y no había opción de escapar de ahí.
Cuando comencé a respirar profundo para calmar mi sed de la fugaz vida social, me di cuenta de lo grandes que son mis ojos, de cómo se dilatan mis pupilas cuando pienso en algo hermoso, de lo respingada que es mi nariz y de lo hermosa que se ve con el último rayo de luz del día en frente del espejo.
Procuré cobardes pasos hacia la sala de estar y me senté a ojear un libro, pero me percaté de que aquella tarde nada sería más interesante que consentirme, preguntarme, responderme, llorar, reír, abrazarme y amarme como si fuera la última cita conmigo misma.
Cuando ya oscurecía descorché un vino y una dulce brisa fresca se vino a dar en el ventanal, fue ahí cuando comencé a estremecer en una suerte de miedo y alegría… ya no tenía miedo de mi soledad, ya no le temía a más nada.
Transcurriendo los dulces minutos de mi cita conmigo fui contemplando cada uno de mis recuerdos en mi cabeza y los guardé sagradamente en un depósito temporal.¡Qué nostalgia maravillosa me gobernó en ese momento!… tan maravillosa que sentí deseos de salir corriendo por la calle a tomar mi propia mano y aventurar con ella a la osada noche.
Cuando ya mis ojos resignados de placer por conocer a tan implacable mujer fueron cesando, recogí mis piernas y me volteé a mirar el cielo que vestía mi cuarto de varios colores con una tremenda luna… fue tanta la dicha de aquél día que sentí que la luna nos entregaba su venia para estar juntas… para siempre juntas.
Me vi sola en el espejo y lo más triste es que siempre ha sido así, pero lo disfracé con tantas sombras en mí andar.
En un comienzo me inundó un tremendo escalofrío, se irguió tanto mi piel que el miedo me causó espasmos, estaba sola conmigo misma y no había opción de escapar de ahí.
Cuando comencé a respirar profundo para calmar mi sed de la fugaz vida social, me di cuenta de lo grandes que son mis ojos, de cómo se dilatan mis pupilas cuando pienso en algo hermoso, de lo respingada que es mi nariz y de lo hermosa que se ve con el último rayo de luz del día en frente del espejo.
Procuré cobardes pasos hacia la sala de estar y me senté a ojear un libro, pero me percaté de que aquella tarde nada sería más interesante que consentirme, preguntarme, responderme, llorar, reír, abrazarme y amarme como si fuera la última cita conmigo misma.
Cuando ya oscurecía descorché un vino y una dulce brisa fresca se vino a dar en el ventanal, fue ahí cuando comencé a estremecer en una suerte de miedo y alegría… ya no tenía miedo de mi soledad, ya no le temía a más nada.
Transcurriendo los dulces minutos de mi cita conmigo fui contemplando cada uno de mis recuerdos en mi cabeza y los guardé sagradamente en un depósito temporal.¡Qué nostalgia maravillosa me gobernó en ese momento!… tan maravillosa que sentí deseos de salir corriendo por la calle a tomar mi propia mano y aventurar con ella a la osada noche.
Cuando ya mis ojos resignados de placer por conocer a tan implacable mujer fueron cesando, recogí mis piernas y me volteé a mirar el cielo que vestía mi cuarto de varios colores con una tremenda luna… fue tanta la dicha de aquél día que sentí que la luna nos entregaba su venia para estar juntas… para siempre juntas.
